Soy de la generación de los 80, y en esa generación se nos educaba, en gran mayoría, mediante la comparación.
Se te comparaba con tus hermanos o primos, con tus compañeros de escuela, hasta con algún ideal inalcanzable que tus padres o tus profesores tuvieran en la cabeza y que fuera para ellos lo que tú deberías ser, o cómo tendrías que comportarte.
Si eras bajo compararte con alguien más alto, si eras mal estudiante compararte con alguien aplicado, si eras travieso compararte con alguien que al contacto visual de algún mayor se quedara quieto sin pestañear.
La comparación en sí misma.
Y esa comparación hacía que uno poco a poco fuera interiorizando algo tan dañino como lo siguiente: siempre hay alguien mejor que yo, o siempre tengo que parecerme a alguien que no soy yo.
Y de carambola, también lo siguiente: puedo ser una mierda con piernas ante alguien que es mejor que yo, o más guapo, o más simpático, o mejor estudiante, o mil cosas más.
Porque aprendías eso: a comparar. Y a veces salías bien parado, pero otras la autoestima te quedaba por el suelo, porque el otro era mejor. Porque inevitablemente siempre va a haber personas que hagan cosas mejor que nosotros, pero no por eso sean mejores.
Parafraseando a Richard Gere en Pretty Woman, me ha costado mucho tiempo y esfuerzo pronunciar la última parte de esa frase: pero no por eso son mejores. Ahí radica lo importante que no se nos decía.
Eso es lo que se estilaba allá por los años 80-90. Así la sociedad de manera general entendía que se debía educar o motivar a los/as niños/as para mejorar. "Pero funalito, qué vago eres, aprende de tu prima X lo estudiosa que es, ella sí que vale".
Y una vez, y otra vez, e infinitas veces.
Y luego estaba la comparación por el extremo opuesto, quizá más prototípica de este siglo pero igual de dañina: "Cariño, ves que tú sí haces eso, y los demás no son capaces de hacerlo", aquí la autoestima no sufre, sino que se infla, hasta que un baño de realidad lleva a ese niño o niña desde el mundo de los más especiales del mundo mundial al de los normales seres humanos, y ahí padecen, porque lo que ellos quieren, y no alcanzan, es que todo el mundo vea lo especiales que son, y eso por desgracia sólo sus padres lo veían.
La comparación es la forma que tiene la sociedad de intentar convertirte en alguien diferente a quien eres, que dejes de concentrarte en ti contigo mismo y veas al otro como la competencia. Creyendo que hay incompatibilidad, que es el otro O tú, cuando en la realidad puedes ser tú Y el otro también.
Cuando en realidad no hay nadie mejor que tú, y tampoco peor, en el don de vivir tu vida y ser feliz.
A mi alrededor hay personas que han crecido en la comparación y si observas con detenimiento, les ves las heridas, esas grietas de inutilidad que alguien abrió en sus corazones, y que aun hoy permanecen.
Porque no les enseñaron que sí podían, no les enseñaron que si les venía bien mejorar era por sí, y no para parecerse a nadie, que si tenían más torpeza eso les hacía más ellas, siniguales, valiosas, increíbles, y no tenían que buscar ser nadie más.
Porque no les enseñaron que no tenían que ser perfectos, que ya eran la mejor versión posible: ellos y ellas mismas.
Todo eso lo aprendes en el mundo real, y con suerte cuando eres adulto, cuando el deseo de quererte es más importante que el qué dirán.
jueves, 1 de marzo de 2018
miércoles, 3 de enero de 2018
Treintaitantos
Música que suena y sueña.
Treintaitantos, de un solo golpe.
Una vez escuché a una sabia decir que la vida hay que vivirla hacia adelante, pero que no es sino mirando hacia atrás como se comprende, y que cada década tiene algo bueno.
Treintaitantos, de un solo golpe.
Una vez escuché a una sabia decir que la vida hay que vivirla hacia adelante, pero que no es sino mirando hacia atrás como se comprende, y que cada década tiene algo bueno.
Tal cual.
Cuando tenía once años escuchaba al Dúo Dinámico cantando a aquella niña de quince, y yo deseaba llegar corriendo a tenerlos.
Después ya no fue canción para mí, rondaba entonces los diecisiete, y vivía en Salamanca.
Me perdí tantas veces en esa edad que recordarlo me hace tiritar. Sin embargo, tenía juventud, y el camino era un lugar lleno de oportunidades, y de espacio y tiempo para cometer errores. En esa edad no importaba tanto equivocarse porque siempre quedaba vida para rectificar.
Una a esa edad se cree inmortal, atemporal y multiespacial.
Y visto desde ahora, no es que se crea es que realmente se es.
Luego llegó la veintena. Otro mundo.
Con más cordura pero mismo nivel de locura.
Más conciencia sobre lo que se hace pero mismo nivel de equivocación.
Y no hay equilibrio.
Los amores se viven intensamente, y los desamores catastróficamente.
Lo que nos hacen es un agravio mortal. Lo que hacemos una mindundada no digna de tener en cuenta.
Y así seguimos. Sin apenas responsabilidades. Y sin embargo muchas incertidumbres.
Así es la vida de un veinteañero. Aunque los veas por ahí tan aparentemente soberbios, prepotentes o sencillamente tranquilos. Lo cierto es que su mundo interior es un espectáculo de fuegos artificiales donde nada permanece y todo está en constante cambio.
Y la mayor parte de las veces ni entienden qué es lo que les sucede, o sucede a su alrededor.
Pero de repente se presentan los treinta.
Y vienen exigiendo.
Cobrando el tiempo perdido. Los sueños aparcados. Y las decisiones no tomadas.
Y tienen consecuencias. De esas que una no imagina en una noche de alcohol ni en una clase de universidad somnífera.
Cuando tenía once años escuchaba al Dúo Dinámico cantando a aquella niña de quince, y yo deseaba llegar corriendo a tenerlos.
Después ya no fue canción para mí, rondaba entonces los diecisiete, y vivía en Salamanca.
Me perdí tantas veces en esa edad que recordarlo me hace tiritar. Sin embargo, tenía juventud, y el camino era un lugar lleno de oportunidades, y de espacio y tiempo para cometer errores. En esa edad no importaba tanto equivocarse porque siempre quedaba vida para rectificar.
Una a esa edad se cree inmortal, atemporal y multiespacial.
Y visto desde ahora, no es que se crea es que realmente se es.
Luego llegó la veintena. Otro mundo.
Con más cordura pero mismo nivel de locura.
Más conciencia sobre lo que se hace pero mismo nivel de equivocación.
Y no hay equilibrio.
Los amores se viven intensamente, y los desamores catastróficamente.
Lo que nos hacen es un agravio mortal. Lo que hacemos una mindundada no digna de tener en cuenta.
Y así seguimos. Sin apenas responsabilidades. Y sin embargo muchas incertidumbres.
Así es la vida de un veinteañero. Aunque los veas por ahí tan aparentemente soberbios, prepotentes o sencillamente tranquilos. Lo cierto es que su mundo interior es un espectáculo de fuegos artificiales donde nada permanece y todo está en constante cambio.
Y la mayor parte de las veces ni entienden qué es lo que les sucede, o sucede a su alrededor.
Pero de repente se presentan los treinta.
Y vienen exigiendo.
Cobrando el tiempo perdido. Los sueños aparcados. Y las decisiones no tomadas.
Y tienen consecuencias. De esas que una no imagina en una noche de alcohol ni en una clase de universidad somnífera.
Ahora es tiempo para sacar del armario la fuerza, o salir del armario con fuerza.
Para aceptarse a uno mismo y al otro.
Para que importe la solución y no el problema.
Para encontrar el equilibrio en lo que sentimos y en lo que hacemos sentir.
Para comprender que el blanco y el negro fueron un disco mix de un verano ya pasado. Y que ahora los colores lo invaden todo.
Y cuanto más sabes, menos entiendes.
Y necesitas abstraerte de este mundo que está tan loco, porque sino te volverás como él, si es que no lo hiciste ya.
Y valoras más todo. Al que se acerca. Al que te entiende. Al que te quiere. Hasta al que te odia, que te enseña.
Y llegas con más vértigo porque descubres que en realidad no hay verdades universales, que todo es relativo.
Y que no eres nadie especial que por merecer una vida de película, la tendrá. Esa hay que construirla.
Y eso da más yuyu, pero amplía el horizonte.
Pues va a ser que sí.
Cada edad tiene su encanto.
Qué razón tenías.
Para que importe la solución y no el problema.
Para encontrar el equilibrio en lo que sentimos y en lo que hacemos sentir.
Para comprender que el blanco y el negro fueron un disco mix de un verano ya pasado. Y que ahora los colores lo invaden todo.
Y cuanto más sabes, menos entiendes.
Y necesitas abstraerte de este mundo que está tan loco, porque sino te volverás como él, si es que no lo hiciste ya.
Y valoras más todo. Al que se acerca. Al que te entiende. Al que te quiere. Hasta al que te odia, que te enseña.
Y llegas con más vértigo porque descubres que en realidad no hay verdades universales, que todo es relativo.
Y que no eres nadie especial que por merecer una vida de película, la tendrá. Esa hay que construirla.
Y eso da más yuyu, pero amplía el horizonte.
Pues va a ser que sí.
Cada edad tiene su encanto.
Qué razón tenías.
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