martes, 7 de marzo de 2017

Mensajes en botellas

Cuesta entender que hay historias fugaces que no son para uno.
Por lo que damos, por lo que nos hacen sentir, porque la palabra "siempre" se proyecta en el horizonte, y con ella tantos sueños futuros.
Y nos sentimos más, y necesitamos menos cuando somos los protagonistas de algo tan mágico.
Pero un día caemos, o nos hacen caer, y el golpe es tan estruendoso, la caída tan veloz, y la pena tan grande, que todo se vuelve gris, y solo vale sobrevivir, no olvidarse de respirar y de cómo poner un pie por delante del otro.
 
Dejan una huella profunda, marcan el camino, y se llevan tanto de lo que somos que lo más fácil es dejarse ir.
El dolor como trampa mortal, porque las heridas son dulces, y nos da por lamer y lamer, y regocijarnos en ellas, y cuando queremos evitarlo ya somos ellas. Sangramos, dolemos, y la vida se nos va entre las rendijas.
Creemos que vivimos porque respiramos, pero no nos detenemos a gritar en una playa perdida, ni a correr tras una bandada de pájaros, ni a ver la vida como un milagro digno de ser vivido y aprovechado.
Y aun cuando la persona ya no está, y está en otro lugar con otros ojos que no son los nuestros, con otras alegrías que ya no provocamos nosotros, sigue siendo el muro que separa nuestra vida de esto, que se parece pero no, que es rutina, que es tristeza, frustración, que es sonreír sin una sonrisa, querer sin un corazón y respirar sin pulmón. Artificial.
 
Cuando no logramos aceptar que fue y ya no es, que se fue pero que nosotros permanecemos aquí, con la misma capacidad para amar, y ser amados.
Cuando no nos damos cuenta de que la vida es así, pero hay que levantarse, seguir adelante, porque de seguro en la próxima estación llegará alguien.
Cuando nos negamos el mayor derecho de todos, el de buscar la felicidad, estamos muertos.
Cuando olvidamos que la etapa de sobrevivir pasó, y ahora toca supervivir, somos ciegos de corazón.


Cuando todo eso pasa, hay que recomponerse, recomenzar, cargar con la amargura y volver a salir a la calle. No darse por vencido, vivir, vivir y vivir, hasta que llegue de nuevo una historia fugaz...y esta vez sea eterna.

Y será la tuya.

 

sábado, 21 de enero de 2017

Lo hice bien

Hace unos días dos palomas se vinieron a posar en la ventana, bastante tiempo, y tenía pinta de que hacían el viaje juntas.
Una de ellas apenas me miraba, localizaba la ruta a seguir, fríamente calculaba el momento exacto del vuelo.
Pero la otra sí me miraba, como si fuera una mandada y mientras estuviera allí, sobre la repisa, solo tuviera como ocupación vigilar mi persona.
Llegó el momento en el que la primera desplegó las alas y se fue, pero la segunda permanecía.
Permanecía y me miraba cómo lloraba y lloraba, esas lágrimas que alguien, algún escritor supongo, definió como inconsolables.
Así pasaron los minutos, sin perder de vista el camino que había seguido la primera, continuaba conmigo, al otro lado de esta ventana.
Y llegado el momento, yo dejé de llorar y la miré.. podía sentir algo de paz, y ella debió de sentirlo también porque en ese momento voló. Siguió la estela de su amiga y se marchó.

Fueron unos minutos, pero sentí que había venido para dejarle a mi lado, como llevaba pidiendo días y días.
Ahora paso por los rincones donde él solía sentarse, dormir la siesta, cortar leña, o simplemente estar llenando el aire con su intensidad, y logro sentir que está, que ha decidido quedarse conmigo, que sabe que lo quise con locura, y que él era mi alegría, esa parte de mí tierna que se marchó con él, que se encendía cuando me miraba, cuando me hablaba, cuando me decía tanto sin una palabra.

Lo hice bien, le cuidé, le quise hasta mi tope, le saqué sonrisas, le estrujé con abrazos y le desgasté con besos.
Lo hice bien, hasta el final, haciéndole sentir la inmensidad de colores y sentimientos que él me había aportado.
Y le despedí la última vez que nos vimos con mi frase favorita:
¿Quién te quiere más que yo?
Y él siempre respondía... El diablo.

Vuela ya tranquilo mi Toqui, con toda esa gente que tan feliz te hizo...dila a Tata que la quiero, que todos los días la quiero.
Y no te olvides de vez en cuando regresar,
y posarte en la repisa.

Eterno corazón,
ejemplo de vida,
gran conocedor de lo valioso en esta vida: el ahora.

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